Las mujeres saharauis, fuente de vida en el desierto

“Algún día, cuando nuestro país alcance la libertad, las mujeres saharauis podremos ser un ejemplo no sólo para las otras naciones árabes sino para todo el mundo”.

Maima Mahamud, Secretaria de Estado de Asuntos Sociales y Promoción de la Mujer del Frente Polisario

En 1975, un gran número de saharauis, comenzaron el éxodo de su país el antiguo Sahara Español, entregado ilegalmente por España a Marruecos a través de los Acuerdos Tripartitos de Madrid, mismos que carecen de validez según el Derecho Internacional. El territorio está ocupado actualmente casi en su totalidad por Marruecos, aunque la soberanía marroquí no es reconocida ni por las Naciones Unidas ni por ningún país del mundo. Es así como el pueblo saharaui a través del Frente Polisario, proclama su independencia en 1976 en una parte del territorio liberado, creando la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), reconocida hasta el momento por 83 países y miembro de la Unidad Africana.

La RASD administra la región liberada, donde desde el exilio los y las saharauis esperan que se realice el referéndum que les permita elegir su independencia, acuerdo al que llegaron el Frente Polisario y Marruecos al firmar un alto el fuego auspiciado por la ONU en 1991 después de varios años de guerra armada. Actualmente el pueblo saharaui vive dividido por un muro de 2.700 km., levantado por Marruecos durante el periodo de guerra, un muro que no solo divide territorialmente, sino que también representa una barrera entre los saharauis que lograron escapar de la ocupación –asentados en los campamentos de refugiados situados en el suroeste de Argelia, cerca de la ciudad Tindouf en un territorio conocido como la “hamada” (un desierto inhóspito) y dependientes de la cada vez más escasa ayuda exterior-; mientras la otra parte de los saharauis viven en las zonas ocupadas por Marruecos, donde las violaciones a sus derechos humanos son constantes: las torturas, detenciones arbitrarias, etc., hasta hechos recientes como el desmantelamiento violento del campamento de protesta “Gdaim Izik” donde se habían congregado en las últimas semanas unos 20.000 saharauis de la zona ocupada. Dichos acontecimientos han dejado decenas de muertos, más de 4.500 heridos y más de 2.000 detenidos, cifras que van en aumento debido a las constantes represiones contra la población en las zonas ocupadas y sin ninguna intervención por parte de la comunidad internacional. No se pudo conocer las cifras exactas hasta el momento debido a que la zona ocupada esta sitiada y ningún periodista u observador internacional pudo entrar.

A medida que pasan los años, este conflicto parece desvanecerse en las agendas internacionales, sin que los actores que deberían buscar activamente una solución, se comprometan a hacerlo, generando múltiples tensiones por la extensión en el tiempo de una situación anómala destinada en un principio a revestir un carácter temporal. La falta de solución política al conflicto ha creado una situación de crisis prolongada, que perdura desde hace más de treinta años. Una vida condicionada por la ocupación marroquí, por el comportamiento inmoral e hipócrita de la comunidad internacional, por manejos y estrategias del poder, condenando a los y las saharauis a una larga espera en las arenas del exilio.

Es así como perduran los campamentos de refugiados, cuyos habitantes hubieran sufrido una realidad diferente de no haber sido por el papel asumido por las mujeres desde el mismo inicio de su construcción; quienes lograron gracias a la sólida estructura organizada y a la solidaridad que reproduce la organización social participativa y comunitaria característica de este pueblo, construir una sociedad organizada en el desierto en la que actualmente viven cerca de 250.000 personas. Cabe destacar que a pesar de que la mujer saharaui siempre ha desempeñado un rol fundamental en la vida tradicional de su pueblo, la participación social de la mujer saharaui se había visto disminuida durante la colonización española y la posterior ocupación marroquí, pero recobró nuevo vigor con el surgimiento del movimiento de liberación nacional, para luego convertirse en el sostén de la vida en los campamentos de refugiados.

Las duras condiciones climáticas, con temperaturas que llegan a ser de bajo cero en invierno y de más de cincuenta grados en verano, frecuentes tormentas de arena, y una absoluta carencia de recursos naturales, no lograron abatir a las mujeres saharauis que, ante la ausencia obligada de los hombres, decidieron dar una vida digna a sus hijos y a toda la sociedad refugiada en su conjunto. Asumieron un protagonismo en todos los ámbitos de la vida social, educativa, sanitaria, laboral y moral, hasta lograr una sociedad digna que constituye un ejemplo para todos los pueblos de África, así como en la excepcionalidad de su papel protagonista en la sociedad, en el ámbito de los países de confesión musulmana.

Desde el comienzo, cuando los saharauis se organizaron en su lucha contra el colonialismo español, las mujeres supieron organizarse. En 1974 crearon la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS), dentro de la estructura del Frente Polisario, impulsadas por la necesidad de unión de un pueblo que lucha por el derecho a la autodeterminación e independencia. Actualmente, las mujeres han logrado una participación efectiva en las diferentes estructuras, por ejemplo podemos destacar que el 35% del Parlamento esta conformado por mujeres, dos de los Ministerios son presididos por mujeres, hay un 40% de alcaldesas y hay un 25% de gobernadoras de Wilayas, entre otros.

En esta situación de abandono internacional lo que sostiene al pueblo saharaui es su fuerte convicción de que algún día podrán volver a su tierra, y lograr su ideal de ser un pueblo libre, independiente y soberano. Sin olvidar que una gran parte de está fortaleza está en la lucha de sus mujeres que han logrado ser fuente de vida en el desierto.

Joanna It-zel Becerra Ibarra

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