Oaxaqueña ante la infamia marroquí

Verónica Silva y al fondo las construcciones del campo

En noviembre de este año fui invitada a formar parte de la Delegación Mexicana para realizar una visita a los Campos de Refugiados Saharauis en la provincia de Tinduf en Argelia.

Sin investigar mucho, decidí unirme al grupo para realiza un viaje que cambiaría mi vida. Yo esperaba encontrarme con casas de campaña blancas, dunas y camellos, pero lo que viví fue completamente distinto e inesperado.

El embajador de la República Árabe Saharaui Democrática en México, Ahmed Mulay Ali, nos estaba esperando en Madrid; desde ahí, nos acompañó durante todo el viaje. Volamos de Madrid a Argel y por la noche salimos hacia Tinduf desde el Aeropuerto Militar.

Llegamos en la Madrugada del sábado 10 al aeropuerto de Tinduf, donde no había algún otro avión más que el que nos llevó. Después de recoger el equipaje, había jeeps esperando para llevarnos a los campamentos. Subimos, cansados por el largo viaje, ansiosos por conocer, pero también estábamos confundidos porque había militares hablando en árabe con los choferes y el embajador; nosotros teníamos la indicación de sólo esperar.

Por fin llegaron las patrullas de la Policía Argelina y nos escoltaron por la carretera en medio del desierto. A mitad del camino cambiaron de escolta, y la policía del Frente Polisario (el movimiento de liberación nacional del Sahara Occidental) nos trasladó hasta los campamentos de refugiados.

Pasamos por dos glorietas y entramos a calles de terracería. Todo estaba en silencio. La mayor parte de las calles estaba a oscuras y no había alguien afuera.

Jamás había visto tantas estrellas, pero después de tres días de viaje lo único que queríamos era dormir.

Un desayuno árabe

A la mañana siguiente fuimos invitados a la Jaima (la tienda de tela) a desayunar. Nos dieron café, leche, pan, aceite de oliva, mermelada, queso, margarina y huevos cocidos. También nos invitaron té. Después de eso nos dijeron que teníamos que descansar porque habíamos sido invitados a una fiesta por la tarde. Mientras descansaba, muchas preguntas seguían rondando mi mente. ¿Qué hace esta gente aquí? ¿Por qué tienen construcciones en vez de tiendas? ¿Por qué son refugiados?

Historia e infamia

El 6 de noviembre de 1975, Marruecos invadió el territorio del Sahara Español con la llamada Marcha Verde. Gran parte de la población se vio obligada a huir a pie por el desierto, hasta llegar a Algeria donde fueron recibidos como refugiados. Desde entonces el pueblo Saharahui se encuentra dividido: por una parte, están las personas que lograron escapar, que viven desde hace 43 años en los campamentos y han visto nacer nuevas generaciones ahí, y por otra, están las personas que no pudieron salir del país y que viven en opresión desde entonces.

Durante nuestra estancia en los campamentos, el embajador nos llevó a conocer las diferentes Wilayahs (provincias) y a hablar con distintos miembros del gobierno.

Debido a que están en condiciones de refugiados, nadie quienes desempeñan un cargo público recibe un salario, sino que trabajan por el bien de su pueblo, con la esperanza de que algún día puedan regresar a su país y aplicar el sistema que han ido desarrollando durante todo este tiempo.

Una ciudad para refugiados

También visitamos hospitales, centros de atención a la mujer, centros de educación especial (para niños con discapacidades motrices, auriculares, visuales, etc.), guarderías, escuelas primarias y secundarias.

Para el pueblo Saharahui, la formación educativa de los jóvenes y las mujeres es crucial y es por eso que los niños reciben clases en árabe y en español. Sin embargo, debido a que la República Árabe Saharaui Democrática no está reconocida por la ONU (pero sí por muchos países, incluyendo a México), la educación que les imparten en los campamentos no tiene validez oficial.

Gran parte de los jóvenes se van a estudiar la preparatoria y la Universidad a Argelia, España, Cuba y otros países que les otorgan becas.

Cuba ha sido uno de los principales países proveedores de ayuda educativa para el Pueblo Saharahui e incluso fundó la Escuela Secundaria y Preparatoria Simón Bolívar, dentro de los campamentos, para que los jóvenes que, por cuestiones familiares, no puedan ir a estudiar a otro país, puedan recibir un certificado de preparatoria cubano y de esa manera, continuar con sus estudios, si así lo desean.

Salir de campos de refugiados

De igual manera, desde hace casi 40 años existen los llamados Veranos de Paz, los cuales son programas en los que los niños del Sahara son recibidos por familias en varias partes de Europa y en Cuba durante todo el verano. Esto se hace con la intención de que la población joven que nunca conoció el Sahara Occidental pueda ver la vida más allá de los campamentos de refugiados y se siembre en ellos el deseo de salir, de volver, de vivir en libertad en su país, y así evitar el conformismo.

Represión marroquí

La situación con los jóvenes que viven en el territorio ocupado es un poco diferente, ya que ellos viven la opresión día a día. El gobierno marroquí persigue a cualquier persona que decida manifestarse e incluso entran a las casas de los familiares o de los protestantes para golpearlos y amenazarlos.

Con frecuencia hay casos de personas (sobre todo mujeres y niños) violentadas, presos políticos y desaparecidos.

Debido a la gran vigilancia con la que viven, es difícil obtener información e imágenes, pero poco a poco con la ayuda de las redes sociales la verdad está siendo divulgada.

Jóvenes como los 25 miembros de Equipe Media Sahara, que filmaron “3 cámaras robadas”, un documental que ha dado la vuelta al mundo y ha sido galardonado, hartos de las violaciones a los derechos humanos, han decidido poner en riesgo su propia vida para compartir la realidad del Sahara Occidental a través de videos filmados desde las azoteas.

Cuando decidí irme al Sahara, pensaba encontrarme con poco más que arena, pero la ferviente lucha de un pueblo que vive dividido desde hace 43 años me tomó por sorpresa.

Sin embargo, creo que lo más sorprendente ha sido la alegría y generosidad con la que fuimos recibidos. A pesar de que no tienen acceso a muchos productos básicos, y que dependen muchas veces de la ayuda humanitaria para comer, son las personas más generosas que he conocido.

No importa si te conocen o no, siempre serás bienvenido en sus hogares para tomar el té, comer, dormir, etc. Sus corazones son tan grandes como sus esperanzas de volver algún día a su país y vivir en libertad.