De cuando una familia saharaui me adoptó

Para Hafed Jatri y su familia en Smara. Y a la abuela, que nos cuida desde el cielo.

Hace precisamente un año en abril, emprendí el viaje que me cambiaría la vida. Bajo la consigna de realizar el proyecto de grado de la maestría, volé desde Barcelona hasta Tindouf, Argelia, a los campamentos de refugiados saharauis. Ya desde mi llegada a Argel, la cosa pintaba para ser algo especial.

Al llegar al que sería mi hogar en la wilaya de Bojador, no podía dejar de sorprenderme por todo lo que veía y oía. Los primeros días fueron difíciles, el estar sola en un lugar tan lejano de casa me ponía nostálgica; pero las personas que me ayudaron sin dudarlo, hicieron que todo valiera la pena.

Siempre me ha gustado jactarme de la amabilidad y hospitalidad de los mexicanos pero los saharauis nos ganan, y por mucho. He de confesar lo profundo que esto me impactó. Simplemente no podía creer que sin tener mucho, lo comparten contigo y verdaderamente te hacen sentir bienvenido y como en casa.

Descubrir lo que es una jaima, todo lo que implica el ritual del té, escuchar las llamadas a la oración, ponerme la melhfa, intentar hablar un poco de hasaní, estar en una clase de inglés y ver el entusiasmo de los niños por aprender, andar descalza por la arena sin miedo, dormir fuera bajo el manto de las estrellas, escuchar las anécdotas de los mayores cuando tuvieron que huir a través del desierto, las dunas y los pinchitos de camello, asistir a una boda, son demasiadas anécdotas que guardo por siempre en mi memoria y en el corazón.

La primera vez fui por curiosidad, la segunda por convicción y la tercera por amor. Por el amor que le tengo a esa familia de Smara que me adoptó y me cuidó como suya. ¿Cómo poder explicar que alguien totalmente desconocido se convierta en tu familia en tan solo unos días? Creo que es algo que solamente aquellos que han podido ir entienden. El cariño que les tengo trasciende fronteras.

Mis palabras no le hacen justicia a la calidad de gente que conocí en los campamentos, a su hospitalidad y gentileza. A su solidaridad. Y sobretodo a esa determinación y empuje que tanto admiro. Un pueblo que no pierde la esperanza y el anhelo de poder regresar a su tierra. Un deseo que comparto y por el cual lucharé con ellos por verlo convertido en realidad.

Adriana Oñate