“No hay mayor huérfano que el que lo es de sus ideales” , En recuerdo de un gran hombre, Mohamed Abdelaziz, (05/08/2016)

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, esos son imprescindibles.” (Bertolt Brecht)

Por haber estado junto a este hombre durante casi 50 años – toda una vida-  por haber trabajado y colaborado con el, en resumen, por haber sido compañeros de la misma lucha, a pesar del dolor y la emoción que me embargan, encuentro cierto consuelo al dar hoy testimonio de este gran amigo.

No podremos reemplazar el inmenso vacío provocado por su desaparición de un día para otro; pero ahora quiero resaltar no el vacío sino la herencia que nos ha legado, es decir, los rasgos que ese hombre ha aportado para que nuestra lucha tenga aún mayor valor.

Mi opinión puede parecer subjetiva; lo es, pero no porque profese una admiración incondicional hacia Mohamed Abdelaziz, se basa en hechos que cualquiera puede constatar.

Para mí, uno de estos rasgos admirables lo constituye su rigor y su perseverancia, por encima de todo tipo de dificultades, respecto a las cuestiones fundamentales de la lucha del pueblo saharaui. También en el día a día hizo gala de esas cualidades, destacando su profundo sentido de la amistad.

Por ello, a pesar de las enormes dificultades que implicaba, se dedicó en cuerpo y alma a la misión que le encomendó el Pueblo Saharaui, lo que marcó toda su vida hasta el punto de llegar a descuidar su salud, incluso ocultando en silencio sus sufrimientos. En realidad no conoció respiro ni descanso hasta que partió al más allá.

Mohamed Abdelaziz llegó a la causa saharaui como cualquier otro: combatiendo. Y cuando la desaparición del El Uali Mustafa Sayed dejó un primer gran vacío, fue impelido por sus compañeros,-hombres que con sangre y sudor y lagrimas , como diria Pablo Neruda “derribaron los muros del pasado y abrieron las puertas de la Historia”-, a tomar el relevo en medio del desconcierto en el que estaba sumido el Pueblo Saharaui.

Desde el comienzo fue aprendiendo a tomar decisiones, llegando a ganarse el respeto de todos sus compañeros, del pueblo saharaui y del mundo, en particular de África. Su escuela fue la de la lucha.

Apoyado en su inteligencia natural, adquirió una gran experiencia, en la que el pragmatismo y la vivencia personal jugaron un papel importante. Ansiaba aprender. Su capacidad de escucha era impresionante y, en ese sentido, hacía gala de una gran modestia y sencillez y sobre todo, de una voluntad por comprender al interlocutor, poco común.

Desde muy joven se forjó en la lucha de su pueblo.

Todo el mundo coincide en afirmar que era un hombre de acción. Quería estar en todos los combates, en todas las batallas. Una profunda conciencia de la responsabilidad que le correspondía le hacía atender hasta las cuestiones más cotidianas. Nada ni nadie le era ajeno.

Sin embargo, a pesar de haber conocido y tratado a los dirigentes y personalidades más poderosas del mundo nunca se sintió atraído por los cantos de sirena del poder político o económico. Su compromiso y sentido de la responsabilidad fueron siempre enteramente sinceros.

Le importaban dos cosas por encima de todo: 1) defender la causa de su pueblo  2) mostrar agradecimiento a quienes expresaban su solidaridad y, sobre todo, no cejar en el esfuerzo de convencer, de encontrar cada vez más amigos de la causa, partiendo de la idea de que la fuerza de una lucha de liberación se basa en sumar fuerzas, en acumular apoyos.

Al mismo tiempo, acumuló un conocimiento profundo de las personas, de la sociedad, de los recovecos de la diplomacia, de las formas a menudo ingratas de la lucha ( la rutina, la recurrencia de los hechos) y de los objetivos a mantener.

Cabe recordar que la lucha del pueblo saharaui es una lucha de liberación nacional, pero también una lucha para reconstruir la sociedad que el colonialismo había arrinconado completamente, devastado. Mohamed Abdelaziz quería ser artífice de una sociedad tolerante, abierta y democrática. Y si el régimen marroquí se caracteriza por su política de división, de guerra sucia interna, por pasar de la propaganda a la intoxicación, él abogaba enérgicamente por la unión del pueblo, que consideraba el más preciado de todos los valores. Cómo no recordar el célebre discurso del 20 de mayo de 2005 en el que anunció el inicio de la Intifada de la Independencia para hacer realidad la unión entre los territorios ocupados y los campamentos.

Siempre era el primero en ponerse manos a la obra, tanto en las campañas de sensibilización o de limpieza, como durante la guerra, donde, hasta el alto el fuego, siempre estaba en primera línea a pesar de la insistencia de sus compañeros por apartarle de campo de batalla, de disuadirle de participar directamente en el combate, con el fin de protegerle, cosa que el siempre rechazó. No es que pretendiera parecer un héroe, simplemente su bravura era evidente.

Por eso, por su fuerza y por su ejemplo, mucho más allá de su cargo, adquirió una gran popularidad, que quedo patente en la desbordada emoción que se extendió por toda la sociedad con ocasión de su fallecimiento. Los que lo conocimos aprendimos a quererlo, a amar su sinceridad.

Mohamed Abdelaziz nunca manifestaba rencor alguno, más allá incluso de una cierta actitud política. Llegó a escribir tanto a Hassan II como a su hijo y era capaz de trascender el conflicto en la convicción de que los pueblos de la región acabarán viviendo en armonía.

Quisiera ahora recordar una anécdota personal. De viaje hacia Namibia con el presidente Abdelaziz, para participar en el aniversario de su independencia, pasamos por Sudáfrica. El me preguntaba muchas cosas, suponiendo que yo sería un buen conocedor de Sudáfrica y de su historia. Le conté la escena en la que Nelson Mandela, en un acto público y ante la mirada atónita de dirigentes políticos de distintas ideologías, estrechó la mano del juez que le había condenado a cadena perpetua. Mohamed Abdelaziz dijo entonces con magnanimidad: Han ido más lejos que nosotros en el perdón.

Con el Plan de Paz de 1991 creyó en la perspectiva de una solución pacífica en el Sahara Occidental y consagró toda su energía para convencer a la población saharaui de la necesidad de negociar con el enemigo marroquí.

Para desgracia de todos, los marroquíes y sus amigos han dejado pasar la oportunidad de construir una paz sólida entre nuestros dos pueblos en vida de Mohamed Abdelaziz. Sin embargo, esta gente eligió el camino del menosprecio, a sabiendas de que no podrán, en cualquier caso, alcanzar su grandeza.

No hay mayor huérfano que el que lo es de sus ideales, así pensaba Mohamed Abdelaziz, como el Uali Mustafa Sayed, como M. Brahim Bassiri, y como todos los combatientes de la causa saharaui.

Ni el tiempo ni las circunstancias te han tratado con consideración en esta corta pero rica vida

Queda todo un pueblo que continuará llevando el estandarte de la lucha,

Generaciones futuras que retomarán la bandera

Y compañeros que velarán por quien continúe la tarea

Tan ardua sin ti,  mientras ese fuego que ahora te abandona,

Vive entre los tuyos y tu pueblo para siempre.

 

Mohamed SIDATI