LOS OJOS QUE SE NIEGAN A VER

Un país puede estar cerca

puede quedar a la vuelta del pan

pero también puede irse

despacito

y hasta borrar sus huellas

                         Mario Benedetti/ Fragmento del poema “Rastros”, dedicado al pueblo Saharaui.

 

Hoy recibí un correo por Internet de mi amigo Ahmed Mulay embajador de la República Árabe del Saharaui  Democrático (RASD), me envía un texto de otro gran amigo que escribe sobre la problemática de los Muros de la vergüenza en este planeta.

Los muros nunca han cerrado las fronteras de la memoria de los pueblos, al contrario de lo que pretenden quien los construye, abren la memoria a la herida del presente.

Me pregunto ¿de qué están hechos los muros que separan a los pueblos? Están construidos por las ambiciones y la lujuria del poder de los poderosos, por la desmedida ración que alimenta a gobiernos y estados autoritarios. De esto resulta un Palacio: el Palacio del Poder. La institución del poder político y económico nos ha acostumbrado, vieja tradición que nos heredó la edad media, a ver los palacios como centros ajenos a nuestros deseos o a las libertades que todo pueblo añora.

Los palacios están construidos con muros ciegos, con puertas que conducen a la memoria herida de la historia.  Y hasta que la historia borre ese rastro de sangre no encontraremos más que muros y muros… de agua (diría José  Revueltas) o de ignominia en su novela El Muro (J. P. Sartre).

Cuando nos cuenta porqué y como escribió su novela El Palacio de los Sueños el escritor albanés Ismail Kadaré nos dice: “En nuestro siglo se diría que los rascacielos, al tiempo que mostraban el deseo de la humanidad de separarse definitivamente de sus sótanos, oscuros, eran así mismo testimonio de la fuerza de atracción de las profundidades” Entonces, podemos preguntarnos porqué persiste en nuestro inconciente ciudadano convivir con nuestros palacios: Palacio de Justicia, Palacio de Gobierno, Palacio Municipal, Palacios de Muros… en donde la realidad, la seducción del subsuelo empieza a sentirse de nuevo con todo su poder. Los campos de concentración, las escalas de gradación de la fatalidad, las interminables oficinas burocráticas, los campos de internamiento políticos en los países del Este, los garajes de automóviles en Occidente… y los Muros. ¿Porqué los muros?

Hay un muro, esta noche y también de día, que ha separado de su territorio al pueblo saharaui desde 1976, cuando Marruecos invade este país y expulsa y toma presos y desaparece a más de 600 ciudadanos saharaui (entre mujeres, niños y jóvenes). Hasta los días de hoy el pueblo Saharaui vive en el exilio en campamentos situados en Argelia. Su historia de resistencia es de admirar y respetar, larga como el camino de sus anhelos de retornar a su territorio. Difícil por falta de espacio reseñar aquí los laberintos por los que transitan sus ciudadanos, por eso dejaré que otro amigo les cuente un poco sobre ellos.

El correo de mi amigo trajo un tiempo de reflexión sobre los muros, me gustaría transcribir trechos del mismo y ver si es prudente, reflexione el lector de estas letras, si en sueños estamos entrampados en el reino de la muerte, o si nosotros mismos somos ladrillos en la pared de estos muros (diría Pink Floyd). Considere el lector las palabras del buen amigo escritor uruguayo Eduardo Galeano en aliento a la vida y la verdad en esta historia de nuestros días.

He aquí sus palabras: El Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro…

Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros han brotado, siguen brotando, en el mundo, y aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada.

Poco se habla del muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla.

Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y de aquí a poco será quince veces más largo que el Muro de Berlín.

Y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que desde hace veinte años perpetúa la ocupación marroquí del Sahara Occidental. Este muro, minado de punta a punta y de punta a punta vigilado por miles de soldados, mide sesenta veces más que el Muro de Berlín.

¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos? ¿Será por los muros de la incomunicación, que los grandes medios de comunicación construyen cada día?

En julio del 2004, la Corte Internacional de Justicia de La Haya sentenció que el Muro de Cisjordania violaba el derecho internacional y mandó que se demoliera. Hasta ahora, Israel no se ha enterado.

En octubre de 1975, la misma Corte había dictaminado: “No se establece la existencia de vínculo alguno de soberanía entre el Sahara Occidental y Marruecos”. Nos quedamos cortos si decimos que Marruecos fue sordo. Fue peor: al día siguiente de esta resolución, desató la invasión, la llamada Marcha verde, y poco después se apoderó a sangre y fuego de esas vastas tierras ajenas y expulsó a la mayoría de la población.

Y ahí sigue.

Mil y una resoluciones de las Naciones Unidas han confirmado el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui.

¿De qué han servido esas resoluciones? Se iba a hacer un plebiscito, para que la población decidiera su destino. Para asegurarse la victoria, el monarca de Marruecos llenó de marroquíes el territorio invadido. Pero al poco tiempo, ni siquiera los marroquíes fueron dignos de su confianza. Y el rey, que había dicho sí, dijo que quién sabe. Y después dijo no, y ahora su hijo, heredero del trono, también dice no. La negativa equivale a una confesión. Negando el derecho de voto, Marruecos confiesa que ha robado un país.

¿Lo seguiremos aceptando, como si tal cosa? ¿Aceptando que en la democracia universal los súbditos sólo podemos ejercer el derecho de obediencia?

¿De qué han servido las mil y una resoluciones de las Naciones Unidas contra la ocupación israelí de los territorios palestinos? ¿Y las mil y una resoluciones contra el bloqueo de Cuba?

El viejo proverbio enseña:

–La hipocresía es el impuesto que el vicio paga a la virtud.

El patriotismo es, hoy por hoy, un privilegio de las naciones dominantes. Cuando lo practican las naciones dominadas, el patriotismo se hace sospechoso de populismo o terrorismo, o simplemente no merece la menor atención.

Los patriotas saharauis, que desde hace treinta años luchan por recuperar su lugar en el mundo, han logrado el reconocimiento diplomático de ochenta y dos países. Entre ellos, mi país, el Uruguay, que recientemente se ha sumado a la gran mayoría de los países latinoamericanos y africanos.

Pero Europa, no. Ningún país europeo ha reconocido a la República Saharaui. España, tampoco. Este es un grave caso de irresponsabilidad, o quizá de amnesia, o al menos de desamor. Hasta hace treinta años el Sahara era colonia de España, y España tenía el deber legal y moral de amparar su independencia.

¿Qué dejó allí el dominio imperial? Al cabo de un siglo, ¿a cuántos universitarios formó? En total, tres: un médico, un abogado y un perito mercantil. Eso dejó. Y dejó una traición. España sirvió en bandeja esa tierra y esas gentes para que fueran devoradas por el reino de Marruecos. Desde entonces, el Sahara es la última colonia del África. Le han usurpado la independencia.

¿Por qué será que los ojos se niegan a ver lo que rompe los ojos?

¿Será porque los saharauis han sido una moneda de cambio, ofrecida por empresas y países que compran a Marruecos lo que Marruecos vende aunque no sea suyo?

Hace un par de años, Javier Corcuera entrevistó, en un hospital de Bagdad, a una víctima de los bombardeos contra Irak. Una bomba le había destrozado un brazo. Y ella, que tenía ocho años de edad y había sufrido once operaciones, dijo:

– Ojalá no tuviéramos petróleo.

Quizás el pueblo del Sahara es culpable porque en sus largas costas reside el mayor tesoro pesquero del océano Atlántico y porque bajo las inmensidades de arena, que tan vacías parecen, yace la mayor reserva mundial de fosfatos y quizá también hay petróleo, gas y uranio.

En el Corán podría estar, aunque no esté, esta profecía:– Las riquezas naturales serán la maldición de las gentes.

Los campamentos de refugiados, al sur de Argelia, están en el más desierto de los desiertos. Es una vastísima nada, rodeada de nada, donde sólo crecen las piedras. Y sin embargo, en esas arideces, y en las zonas liberadas, que no son mucho mejores, los saharauis han sido capaces de crear la sociedad más abierta, y la menos machista, de todo el mundo musulmán.

Este milagro de los saharauis, que son muy pobres y muy pocos, no sólo se explica por su porfiada voluntad de ser libres, que eso sí que sobra en esos lugares donde todo falta: también se explica, en gran medida, por la solidaridad internacional.

Y la mayor parte de la ayuda proviene de los pueblos de España. Su energía solidaria, memoria y fuente de dignidad, es mucho más poderosa que los vaivenes de los gobiernos y los mezquinos cálculos de las empresas.

Digo solidaridad, no caridad. La caridad humilla. No se equivoca el proverbio africano que dice:

–La mano que recibe está siempre debajo de la mano que da.

Los saharauis esperan. Están condenados a pena de angustia perpetua y de perpetua nostalgia. Los campamentos de refugiados llevan los nombres de sus ciudades secuestradas, sus perdidos lugares de encuentro, sus querencias: El Aaiún, Smara…

Ellos se llaman hijos de las nubes, porque desde siempre persiguen la lluvia.

Desde hace más de treinta años persiguen, también, la justicia, que en el mundo de nuestro tiempo parece más esquiva que el agua en el desierto.

Ahí detiene su reflexión nuestro escritor uruguayo. Resta el sabor, el olor ríspido que deja en los hombres, mujeres, viejos, niños y todo el pueblo saharaui, el muro que el rey de Marruecos, con la complicidad de Francia y Estados Unidos ha levantado para vergüenza de su pueblo, para excluirlos y robarles su territorio. Los que peleamos por un mundo, ya no sé cómo decirlo ¿mejor? Estamos por:¡Que se derrumben los muros del mundo!

Alfredo Coello