LOS AMIGOS SAHARAUIS

Siempre quise ir a Jerusalén a esperar el año nuevo. Por esta vez la ciudad santa tendrá que esperar. Estoy seguro de que no se moverá de ahí.

Resulta que se me han atravesado en el camino los Saharauis, quienes me invitan a ir a su país, allá en el noroeste de África, allá donde fue el Sahara Español, allá donde ahora se encuentra un pueblo invadido por el rey de Marruecos.

La causa de este encuentro ha sido la actriz Luisa Huertas, mi amiga, quien me llevó a la más modesta de las embajadas del mundo, en la colonia Anzures. Ahí, Ahmed Mulay, el embajador de la República Árabe Saharaui Democrática me mostró videos, fotografías, libros, y sentado en cojines en el suelo, descalzo, fui seducido por la historia y el presente de este pueblo que resiste la invasión marroquí desde hace más de treinta años.

Salem Ould Salek, canciller de la república que acaba de pasar por México buscando el apoyo de nuestro país para su causa en la ONU, me invitó a pasar el año nuevo allá. En la embajada me conseguirán la visa de Argelia, porque no es posible volar directamente a su país invadido.

De Madrid tomaré un avión de la línea Air Argeli a una Ciudad llamada Tinduf, base militar argelina. En el aeropuertote Barajas veré a mis compañeros de viaje, españoles y Saharauis, cargando pesados bultos, bicicletas, caja de ropa y alimentos, objetos para el hogar, que me recordarán a los emigrantes mexicanos que regresan de Estados Unidos a visitar a sus familias en los pueblos de Michoacán, trayendo todo lo que pueden. El vuelo durará una hora cuarenta y cinco minutos. De Tinduf me llevarán en autobús durante dos horas a los campamentos de refugiados que se encuentran en territorio argelino. Después, podré pasar la frontera, a una parte del territorio saharauis que está libre.

Llevaré un equipaje ligero y ropa apropiada, porque la temperatura en el desierto alcanza 60 grados centígrados a la sombra.

Salem ha prometido que me instalará una hamda, una tienda en el desierto, para que vea el atardecer y para que en las noches pueda tocar las estrellas. Ahí veré el amanecer del año nuevo cuando el sol aparezca en el horizonte tiñendo de rojo las dunas y las nubes.

 Por la mañana me despertaré con una taza de café con leche. La duda, que no me ha resuelto Salem, es si la leche es de cabra o de camello. Estos animales son básicos para la supervivencia de este pueblo de pastores, los hijos de las nubes, como se les llama. Desayunaré huevos y pan blanco untado con jalea de dátil o de higo.

Al mediodía comeré arroz rojo y un plato de camello en caldo con verduras, col, zanahoria, calabacitas, cosechadas dificultosamente en la arena de desierto. De postre comeré naranjas y como bebida tomaré agua, porque este pueblo, por su religión, no acostumbra el alcohol. Por la tarde beberé mis tres tazas de té verde con el que fui bautizado en la embajada saharaui en México.

Mis amigos saharauis me llevarán a conocer el Muro de la Humillación que han construido los marroquíes. No es un muro como el de Palestina-Israel o el de México – Estados Unidos, que divide dos países. Este muro de cuatro metros de altura es una serpiente que va enroscándose por todo el territorio Saharaui, cercando ciudades y dividendo familias del mismo país.

Este muro de 2,400 kilómetros tiene junto a él una zona minada y cada tres kilómetros un puesto militar. Tiene radares que detectan cualquier movimiento y en cada puesto hay armas de fuego con alcance hasta 12 Kilómetros.

Cuando observe, lejos de las minas, este Muro de la Humillación que separa a familias y tribus desde hace 30 años, preguntaré cuál es el interés de Marruecos al invadir esta nación. Me responderán que abajo del suelo saharaui hay más reservas de petróleo que en todos los piases árabes, incluyendo Kuwait. Me dirán que estas tierras son ricas en fosfato, que se exporta hace muchas décadas y que también bajo las dunas hay uranio.

Me llevarán a conocer los campamentos de refugiados en Argelia, cuyos nombres reproducen las ciudades de donde provienen los refugiados: Aaiun, Auserd, Eshmara, Villa Cisneros y tantas otras.

Preguntaré por el gobierno y por la organización y me sorprenderé al saber que el presidente de la república y sus ministros ejercen sus funciones en un lado y en otro, en los campamentos de refugiados en Argelia y en la ciudad de Birlehlu, capital temporal del país que se encuentra en la zona no invadida.

Desde 1975, la ONU ha recomendado la realización de un referéndum de autodeterminación, que todavía no se lleva a cabo. Preguntaré porqué y me dirán que el reino de Marruecos ha enviado a cientos de marroquíes a vivir en los terrenos invadidos para que se hagan pasar por saharauis. Incluso, hay una escuela en Marruecos donde estos migrantes aprenden el acento y los giros lingüísticos de los saharauis, su forma de vestir y de comportarse.

En este país -que proclama su independencia el 27 de febrero de 1976- no hay carreteras pavimentadas, taxis ni energía eléctrica. Solo energía solar, que a través de celdas se convierte en electricidad. Los visitantes se hospedan con familias saharauis que comparten sus alimentos y viven en casas de adobe con ventanas cerca del suelo o en las carpas de los campamentos.

“¿Qué moneda debo llevar?”, le pregunté a Salem. “¿Dólares, euros?” “Ninguna”, me dijo. “Estarás entre amigos”. O sea que guardaré mis tarjetas de crédito y esta vez  no compraré cheques de viajero.

Se acerca el día. Allá, frente a las islas canarias, en el noroeste de África me esperan. Caminaré entre las dunas. Visitaré las rústicas escuelas para ver la sonrisa de esperanza de los niños del desierto. Me sorprenderé con las palmeras chaparras y con los pequeños huertos de hortalizas sembradas en la arena, veré a los pastores salir temprano con sus cabras que llevarán a pastar y me admiraré del camello, animal sublime que será mi transporte y mi alimento. El siroco, con sus fuertes vientos de arena, cubrirá mi cuerpo. Por las noches miraré la luna creciente  tocaré las estrellas, escuchando a lo lejos el canto de los saharauis con sus instrumentos ancestrales.

Y el 31 de diciembre esperaré despierto el amanecer en esa hamda que Salem me ha prometido colocar entre las dunas, y en la soledad del desierto iniciaré otro viaje, un viaje al interior de mi mismo.

 

Víctor Hugo Rascón Banda (Uruáchic, Chi-

huahua, 1950). Es dramaturgo y Doctor

en derecho, y autor de obras como la mujer

que cayó del cielo, Voces en el umbral, Playa

Azul y la Malinche.

Es presidente de la Asociación  Mexicana de Amistad con la

Republica árabe Saharaui

20 de Diciembre de 2004 la Revista (el Universal).