“-¿Cómo Puede mi Pueblo Vivir Tranquilo?-. -¡Fácil! Asesina sus Memorias-” Basado en “Mira Si Yo Te Querré” de Luis Leante

“La vida nos enseña que sólo somos

felices a costa de alguna ignorancia”.

Anatole France

“¿Qué muro? ¿Dónde estaba Ausserd? ¿Qué era una wilaya? Montse no quería pensar más en eso, pero no podía parar de hacerse preguntas” (Leante, L. “Mira si yo te querré” p. 170)

La doctora Montserrat Cambra, nacida en España y que había radicado en Barcelona durante sus cuarenta y cuatro años de vida, no sabía a qué se refería Ayach Bachir con sus explicaciones sobre muros que separaban familias en el norte de África, campos de refugiados y el estilo de vida de los saharauis al ser desplazados de su territorio, y que a pesar de encontrarse a poca distancia de ella, pasaban desapercibidos por muchos españoles. Todo había comenzado veinticinco años atrás, cuando a unos cuantos kilómetros de donde la Dra. Cambra esperaba su primer hijo en completo secreto, rechazada por su misma familia y escondida de la sociedad por vergüenza de su madre, se desataba una invasión barbárica al quedar el territorio del Sáhara Occidental “libre” después de la descolonización por parte de España y la muerte de Franco. A unos kilómetros de donde Montserrat estaba siendo enamorada por un doctor guapo, exitoso y seductor, se encontraba el primer novio de Montse: Santiago San Román, español olvidado en territorio africano, siendo destruido por granadas y bombas arrojadas desde los cielos hacia Tifariti, región donde él y su familia adoptiva habían acudido en busca de refugio. Y aún veinticinco años después de esos acontecimientos, la doctora Cambra desconocía gran parte de lo que había revolucionado a la última colonia española en África, el Sáhara, mientras los ex colonizadores españoles se ocupaban de adentrarse en el competitivo mundo globalizado y en convertirse en actores modernos del aún reciente “nuevo orden mundial”. Mientras tanto, las cruentas historias de miles de saharauis palpitaban enseguida de la península esperando ser escuchadas y atendidas.

“La violencia es el miedo a los ideales de los demás” decía Martin Luther King Jr. en 1963 sólo unos pocos años antes de la pésima descolonización del Sáhara y la ocupación de Marruecos. Luther King Jr. defendía un ideal en apariencia diametralmente distinto al del Sáhara: los derechos civiles de la población negra en los Estados Unidos. Esto le valió vítores, aclamaciones, respeto, poder y ultimadamente el triunfo paulatino de los suyos. Pero a varios kilómetros de distancia de esta lucha, se libraba otra aparentemente sin conexión con la primera: una lucha por la defensa del territorio y la identidad nacional, pero así como las ideas de Luther King Jr., éste era “un ideal que le causaba miedo a los poderosos vecinos, por lo que se produjo la violencia”. La diferencia también, fue que el discurso de Luther King Jr. “I Have a Dream” ha recorrido el mundo y es conocido desde Nepal hasta la Patagonia. El discurso de liberación del líder saharaui y defensor del estado nacional: Luali Mustafa Sayed no ha tenido la misma respuesta en ningún sentido.

¿Qué explicaciones se le encuentran al por qué algunas ideas y movimientos de liberación son atendidos mientras que otros no? ¿Por qué razón la comunidad internacional y los responsables directos de los conflictos prefieren cerrar los ojos ante denuncias tan apremiantes como lo son los derechos humanos no respetados por potencias mundiales, los abusos en préstamos internacionales a los países en vías de desarrollo, los derechos de las comunidades minoritarias o los clamores de independencia del Sáhara Occidental, el Tibet, Chechenia, el País Vasco y tantos otros? ¿No será que los medios de comunicación internacionales son sumamente selectivos entre lo que se decide publicitar y lo que no? ¿Qué tan difícil puede ser negar un problema, una responsabilidad, un grito de guerra, a todo un pueblo exigiendo su derecho a vivir en paz? Aparentemente no es tan difícil como se muestra en el transfondo de “Mira si yo te querré”. Adormilar conciencias no es tarea sólo de gobiernos, sino de medios de comunicación, organismos de la sociedad civil y organismos internacionales. Si bien, el que una sola conciencia se calle es preocupante, el que la conciencia de todo un pueblo lo haga es verdaderamente peligroso.

Ernesto Yepes define “conciencia histórica” como: “haber visto el nexo unitivo entre lo que fue y lo que es, con un margen abierto para el porvenir; no es por tanto, la imagen del pasado como algo pasivo y muerto. Es el sentido del ritmo vital como perspectiva y como continuidad, frente al concepto estático e inorgánico del mundo como naturaleza”. Es decir, tener la capacidad para conectar los asuntos del pasado con los acontecimientos del presente y trabajarlos y entenderlos lo mejor posible a fin de que se pueda dar un mejor futuro. Si se opta por olvidar el pasado y todo lo que esto conlleva: responsabilidades, viejas heridas, compromisos incumplidos, expectativas insatisfechas, etc. seguramente se estará posponiendo cualquier esperanza de solución o mejora en la situación presente. Esto aplica para cualquier situación mundial, sin embargo es especialmente aplicable en el caso del Sahara, donde se ha dado un fenómeno de “conciencia histórica dormida” por parte de España. El comportamiento del gobierno español entre 1975 y 1976 fue vergonzoso. Con la agonía y muerte de Franco había un vacío de poder y los gobernantes no solo no estuvieron a la altura de las circunstancias sino que actuaron del peor modo y dejaron al pueblo saharaui abandonado a su suerte.

El caparazón formado por una “conciencia histórica dormida o inexistente” toma vida en Montserrat Cambra dentro de la novela “Mira si yo te querré”. Montse había vivido toda su vida dentro de una burbuja social. Sus padres la mantenían cuidadosamente vigilada, no se involucraba en vicios, conocía poco fuera de su círculo de amigos y en general era una muchacha educada dentro de la “elite”. Su novio Santiago al estar en casa de Montse por primera vez relata que: “deambuló por los pasillos mirando los cuadros y los muebles como su se tratara de un museo. Era la primera vez que estaba en una casa con alfombras. El salón olía al cuero de los sillones y al terciopelo de las cortinas” (Leante, L. “Mira si yo te querré” p. 164). Ciertamente con esta calidad de vida, Montse no tenía por qué preocuparse de lo que sucedía en un barrio a pocos kilómetros de su casa, el barrio donde su novio, Santiago San Román, tenía un estanco. Montse, no por maldad o desinterés, sino simplemente por ignorancia inocente, desconocía que existieran formas de vida tan distintas a la suya, precisamente por eso es que se impresiona tanto cuando Santiago empieza a contarle de su vida: “Ahora era Montse la que se había quedado seria. Quería creer a ciegas en Santiago, pero toda aquella historia se apartaba demasiado de su mundo” (Leante, L. “Mira si yo te querré”, p. 160).

Montse pasa una vida, así como todos, ignorando más de lo que sabe. Su caso resulta el ejemplo perfecto para describir cómo es sencillo olvidar el pasado y cómo cuando éste se desea recuperar, puede que se encuentre ya sumamente “enmarañado” y entretejido en las complejidades de la vida. Montse olvidó rápidamente a Santiago San Román cuando encontró a Alberto, su flamante doctor quien la hizo pensar en cosas más prometedoras que aquel mecánico de su juventud: “Ahora trataba de recordar cuánto tiempo había tardado en olvidarlo (a Santiago). Poco: quizás unos meses. Las tensiones en su familia, la obligaban a mirar hacia delante y no pararse en la nostalgia que a veces la invadía. Su brillante Alberto  había tapado todos los huecos que Santiago hubiera podido dejar. O quizás no había ningún hueco que cubrir” (Leante, L. “Mira si yo te querré”. p. 204). Montse entierra su pasado, ni siquiera se molesta en averiguar si es que es verdad que ha muerto Santiago, si es que en realidad nunca volvió a mostrar interés en ella (lo cual es rotundamente negado por las cartas que recibió y escondió la madre de Montse). Montse se dedica a reconstruir su vida, olvidándose de sus “errores de juventud”. Nadie podríamos reclamarle a Montse por hacer esto, por enterrar todo aquello sobre lo que en teoría “ya no puede hacer nada” y continuar enfocándose en los asuntos presentes y futuros. Pero, ¿qué pasa cuando una nación entera decide precisamente hacer eso: olvidar el pasado, las viejas ataduras y fingir que nada pasó?

Esto precisamente fue lo que hizo España después de la descolonización del Sáhara. Al igual que Montse, decidió enterrar el asunto y al volverse algo que no le brindaba más satisfacciones, sino al contrario una serie de dolores de cabeza, España decidió “no mirar atrás” y desentenderse en el delicado proceso de descolonización del Sáhara, situación que como vemos, aprovecharon Marruecos y Mauritania. Afortunadamente, a Mauritania le duraron poco sus deseos intervencionistas y se retiró en 1979, sin embargo el poco interés de España y su nula conciencia histórica en la región arrojaron resultados como los que tuvo que vivir la familia de Andía y Lazaar dentro de la novela, donde debieron viajar prácticamente un mes por el desierto hacia la ciudad de Tifariti sufriendo hambres, teniendo que usar la orina como combustible para el automóvil y sólo para que al poco tiempo de estar en la ciudad que debería ser su fortaleza, fueran atacados por aviones militares marroquíes. En este ataque, el apasionado enamorado de Montse era herido dramáticamente. Ironía en verdad puesto que él era español, legionario, y su vida fue truncada por que su propio país decidió no dirigir la mirada hacia él, hacia los restos de su ciudadanía que se encontraba aprisionada en una guerra donde el invasor se comía al recién liberado Sáhara pues su “padre” lo había dejado a la merced de los lobos en un instante.

Mientras tanto, España y Montse dormían, ajenos a la situación. Montse Cambra eventualmente decide buscar a Santiago San Román. Debe experimentar intensos y variados choques culturales en esta aventura, se interna en un mundo donde la hospitalidad, la generosidad, la tradición y el destino cobran vida. Sin embargo, es ya muy tarde para ella. Cuando desea recuperar a su amado, éste se encuentra ya totalmente desfigurado, ya no existe indicio de lo que un día fue. Traspasado por granadas, falto de un brazo y sin mucha coherencia mental, Santiago San Román es uno más de los tantos olvidados. Esperemos que cuando finalmente España asuma su responsabilidad histórica sobre el Sáhara y la comunidad internacional muestre una respuesta acertiva ante el clamor de los saharauis, no sea ya demasiado tarde. No sea que el pueblo se encuentre también ya demasiado desfigurado, con demasiadas pérdidas y marcas de guerra. Aún así, Santiago permanecía de pie, aún así sentía quién era Montse y aún así conservaba la esencia de “la mirada más bella de todas las miradas posibles”, así también el Sáhara, permanecerá de pie, con la mirada en el horizonte, en el cielo, mientras continúan sus pies luchando aquí en la tierra: actuando, sembrando, esperando.

María Teresa Avila 

Bibliografía:

– Leante, Luis (2007) “Mira si yo te querré” Premio Alfaguara de novela 2007, Santillana Ediciones Generales. 1ª edición, México DF.

– Mujica Rojas, H (2005) “¿Tenemos conciencia histórica?” (Documento WWW) Recuperado del portal Voltaire Net el 25 de noviembre de 2008 de la liga: www.voltairenet.org/article125295.html